Max Murillo Mendoza
Los matices casi son lo de menos. Comunistas, troskistas, miristas, emebelistas y socialistas de toda laya son en el fondo lo mismo, por el papel que desempeñaron en los últimos 40 años. Las contadas excepciones o han muerto o se han retirado de la lona por decepción hacia sus “élites oligarcas de izquierda”, que se dedicaron a negociar el poder con la derecha y el militarismo a espaldas de “sus bases”. Después del rotundo fracaso que fue la UDP a mediados de los ochenta del anterior siglo (mi artículo: La Generación del Fracaso), el desbande fue total. Este desbande también fue la derrota de la izquierda, la derrota y un profundo fracaso de las clases medias en Bolivia. Clases medias sin identidad ni andamiaje hacia lo que es Bolivia: intelectual y lectura práctica de ella. En su sobrevivencia y sentido de existencia básica, se aglomeraron y se adueñaron de las instituciones estatales: universidades, prefecturas, alcaldías y ministerios, donde hasta hoy sobreviven con todos los gobiernos de turno. Sobre todo se atrincheraron en las universidades, hasta convertirse en primera línea de la reacción y el racismo frente a este actual gobierno, aprovechando el pánico “de la autonomía universitaria”. Su evolución y desarrollo lamentablemente ha sido poco estudiado y atendido, quizás sintomático, quizás confirmando su esencialidad de clase: ausencia de crítica y autocrítica intelectual.
En este su extravío militante hoy, parte de esas clases medias izquierdistas, se arriman al proceso de cambio. Pero no lo hacen desde la crítica, sino desde el oportunismo y el facilismo de siempre: subirse al carro ganador. Aprovechando que tienen los profesionales que les faltan a las organizaciones sociales, aprovechando su entrenamiento y conocimiento del manejo institucional estatal. Sin embargo, la manera de su acercamiento delata su intencionalidad y su poco apego a las ideas y la investigación, pues no existe aún un documento oficial de su posición.
Las organizaciones sociales decidieron cambiar el curso del país, al margen de lo que pensaba y hacía la izquierda. Al margen de la historia oficial del cuál es parte la izquierda nacional. Esa izquierda tan retrógada, señorial y racista como la derecha, los hechos y las prácticas, cree que esta es su oportunidad de enmendar errores del pasado, y considera que tiene el espacio necesario en esta época presente. Pero sigue sin el instrumento necesario para que sea creíble su actitud: la crítica. Le exigen a Evo y a las organizaciones sociales, lo que ellos no se exigen así mismos. Otra vez, en otras circunstancias, quieren servirse de los indígenas y campesinos; pero no ponen nada de sí mismos. Los medios de comunicación, las universidades, las imprentas y las ONGs que manejan podrían ser instrumentos de educación y construcción de las clases medias; pero siguen siendo la correa de transmisión de la mentalidad colonial y anti nacional de siempre. Y mientras no exista la mínima actitud de reconocimiento de su fracaso histórico, un grado de jarakiri social y sincero, no veo ni encuentro su aporte al proceso de cambio. Y eso no es sostenible ni siquiera a mediano plazo.
En la complejidad de nuestros procesos sociales, en constante construcción, avance y retroceso al mismo tiempo, la izquierda podría jugar un papel más decisivo. Le falta creatividad y agilidad mental en sus acciones y postulados más interesantes. No tiene la actitud y la agresividad necesarias para decir lo que piensan y lo que sienten. Prefieren esperar las acciones de las organizaciones sociales, y después opinar desde la comodidad sin arriesgar nada, ni siquiera las ideas. A pesar de sus resultados históricos, considero necesario su papel porque las clases medias siempre jugarán un rol clave en las decisiones globales del país, de hecho las migraciones inmensas hacia las ciudades son imparables, por tanto el crecimiento de las urbes será en el futuro la preocupación más grande.
Cochabamba, 17 de Septiembre de 2009.

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