Max Murillo Mendoza
Los mercados han atrapado a las democracias de occidente, y las han destruido. Los mercados son casinos y juegos de azar de los poderosos, donde se disputan negocios turbios en nombre de la mano invisible para generar, dizque, riqueza. Pero está suficientemente demostrado que esa trampa no funciona y nunca funcionó: las cosas se caen por su propio peso, dicen los viejos sabios. En Europa se han caído varios gobiernos por esa perversidad y crueldad del mercado, que nadie de los líderes actuales se refiere a ese asunto, sino a sus resultados y sus colaterales aspectos y poco significativos asuntos. Grecia quiso entregar las decisiones al pueblo, democráticamente, pero los mercados se lo impidieron. Italia, a pesar del payaso posmoderno ex primer ministro, está en peligro porque así lo decidieron los mercados. Y España se juega su futuro, es decir, el futuro de los juegos de azar de los mercados, con el disimulo democrático que tendrán este fin de semana.
España se esforzará en mostrar al mundo que es democrático, cuando simplemente obedece ciegamente a los juegos de azar de los mercados financieros que son los verdaderos dueños de las “democracias modernas” de occidente. Los ciudadanos de a pie ya nada deciden, ya nada definen y ya nada cuestionan. De todos modos sus líderes tampoco deciden nada y nada cuestionan. El PSOE ha sido peor que la misma derecha, por lo que el desánimo de la gente es proporcional al sentimiento fascista populista, que se expresará en las urnas del 20 de noviembre. Y eso está en los cálculos fríos de los mercados financieros. Todo está bajo control. España seguirá al pie de la letra lo que ordenan los mercados: si los funcionarios públicos de un país no obedecen a las reglas precisas, pues hay que cambiar por otros funcionarios públicos, más fiables y funcionales al sistema. Las izquierdas y las derechas se han esfumado en un manto de niebla oscura, y a veces salen de ese manto mezclados y muy abrazados entre sí, es decir son lo mismo. No existen alternativas ni pensamientos distintos, el miedo ha cundido y es mejor seguir nomás con el mercado, sin destruirlo, sino sólo humanizarlo: hacerlo menos cruel.
La irracional dependencia del mercado y sus beneficios “invisibles” ha tocado fondo. Los famosos crecimientos económicos, por tanto del mercado, nada resuelven sino los bolsillos de los mercaderes y jugadores de poker de las bolsas de valores. Desde hace décadas los “crecimientos económicos” no benefician en nada a los ciudadanos de a pie y el crecimiento de la pobreza es imparable. En todo el mundo crece la violencia callejera y la inseguridad ciudadana, porque sus poblaciones están siendo expulsadas a las calles sin ninguna seguridad posible. En Europa se han destruido los Estados del bienestar, en América latina salvo excepciones no existen Estados sino las herencias de las oligarquías coloniales que hoy día aprovechan con sus delincuencias de corbata para sus negocios turbios, y también las delincuencias de los barrios pobres se meten en el negocio. Esas desestructuraciones institucionales son resultado de un largo proceso histórico colonial, convenidas para el saqueo y el robo institucionalizado. Y hoy estos estados se debaten en la absoluta inseguridad frente al ataque de las delincuencias finas y pobres. Pero es claro, que los crecimientos económicos publicados en los medios de incomunicación no resuelven en nada estructuralmente.
España demostrará este fin de semana que Europa se arrodilló ante los mercaderes de la muerte, de los mercados y bolsas de valores donde narcos, armamentistas, petroleros y especuladores grandes son los verdaderos amos modernos de la economía. España demostrará también que las poblaciones europeas han perdido la iniciativa política ante la embestida feroz de los mercaderes, y la dependencia ciega respecto de la economía norteamericana. El fracaso del PSOE no es el fracaso de una ideología, sino el fracaso de unos burócratas de turno que no pudieron lidiar bien sus palabras y sus promesas hacia sus electores, porque las exigencias de los mercaderes son el guiño de Alcapone que ordena tener claro que quién manda no es precisamente quien es más democrático, sino quien tiene los negocios más astutos y rentables, sean estos lícitos o no.
Los indignados son nada más un adorno decorativo y de maquillaje del mercado, que necesita también un mea culpa cristianoide para demostrar que las cosas son como son. Los indignados nada pueden hacer ante lo que sucederá el domingo en las urnas, porque no tienen ninguna estrategia clara y política, son posturas de grito decorativas que no están dispuestas a destruir al sistema mismo, sino más de lo mismo: sólo humanizarlo y hacerlo menos cruel. Y a eso llaman alternativo. Ni modo.
Cochabamba, 15 de Noviembre de 2011.

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